Camina por el pasillo con lentitud, la casa esta en silencio, un solo sonido inunda la escena, suave e intermitente. Son sus pantuflas de tela que apenas levantándose del suelo lo raspan, acompañando el tremendamente dificultoso movimiento de su caminar. Le cuesta mucho este viaje que viene comenzando con sus últimos cinco metros de trayectoria. Se apoya sobre las paredes con su antebrazo izquierdo, el derecho se levanta ligeramente tembloroso, sigue avanzando lentamente.
Lo que queda de su pelo encanecido esta ligeramente despeinado sobre su cabeza. Esta cabeza que de pronto sale despedida del pasillo, salta y se zambulle en ese momento que permanece descolorido colgando en la pared. Tantas veces él lo ha visto así que también lo recuerda: en blanco y negro. Le parece estar ahí, parado, en la fila de más arriba (el siempre fue de los mas altos), haciendo chistes con sus compañeros de colegio mirando hacia delante, esperando emocionado por la inmortalización de ese instante, sintiéndose fresco, joven…
Tose.
Vuelve a toser.
Se aclara la garganta mientras irgue un poco. Ese mínimo que le permite su ya cansada y cargada columna. Retoma su caminata y ahora pasa por sus ojos esa foto que ha visto ya mil veces, sobre la que derramo la mayor cantidad de lágrimas de su vida. Esta vez sonríe y logra algo que parecía imposible. Arrugar aún más su suave e indefenso rostro. Sus ojos brillan viéndola a ella vestida de blanco, con la alegría dibujada en la cara.
Avanza. Otra vez ella. Su pelo blanco y un bebé en sus brazos. Él, a su lado, en el sillón verde. Varios chicos sentados con ellos y desparramados por el suelo. Atrás del sillón un grupo de hombres y mujeres de 30, 40 y 50 años. Sonríe otra vez aun más feliz. Su garganta se anuda y una lágrima resplandeciente logra abrirse paso entre los surcos de su rostro.
Falta poco. Cruzando el pasillo quedan atrás más fotos, algunos libros, papeles amarillentos con grandes firmas y sellos y alguna que otra marquita de crayón amarillo allá por lo bajo.
Por fin llega a la puerta de la cuál provenía la única luz que iluminaba tenuemente el pasillo. Su piel se eriza ante el contacto con las sábanas. Su brazo se levanta con mucha dificultad, y su gastado dedo pulgar logra alcanzar el interruptor. El cuarto está ahora levemente iluminado por la blanca luz de la luna. Muy despacio su cabeza se hunde en esa almohada increíblemente blanca. Esta la rodea casi abrazándola desde atrás.
Deja salir una bocanada de aire por su boca, el sonido es un poco rasposo, viene de la garganta, tan suave que casi no llega a oírse. Sus ojos, bien abiertos miran hacía arriba. Tienen ese brillo que los hace parecer dos bolitas de vidrio. En su cabeza se pronuncia esa oración que su mamá le enseñó de chico. Otra vez resopla suavemente. Sus labios se mueven muy poco y dibujan una dulce sonrisa, es hora de volver a ver esa cara con la alegría dibujada. Sus ojos se cierran.
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