Su dedo índice apenas entraba en el matecito de lata verde que sostenía esa mañana que, con esa imagen, podría haber sido cualquiera.
Es que esa era realmente la foto de todas las mañanas. Sentado en una silla de mimbre con esos respaldos que se parecen al escudo de huracán, con almohadoncitos chatísimos floreados, azules rojos y blancos. El sauce llorón que aporta más sombra de la que, de por sí ya tiene, la galería de esta casa en Victoria. Sombra que también es aumentada por la medianera del vecino, que construyó otro piso, y dejó los ladrillos a la vista. El mate verde de lata en una mano, con la pintura saltada un poquito en el borde. En la otra, el termo naranja acanalado y, de fondo, el ruido de la mañana, los pajaritos y algún que otro auto que pasa por la calle empedrada que no se ve desde la galería.
En la foto grande no se aprecian, pero los ojos de este personaje merecen una imagen a parte. La mirada no se detiene sobre algo en particular, se pierde en la nada, parece que atravesara esa medianera de ladrillos, justo pasando al lado del sauce, acariciándose con las ultimas hojitas de él. Yo creo que hasta podría moverlas. Pareciera que esta recordando… Mejor dicho, ESTÁ RECORDANDO. Sus ojos son de un color particular, no podemos decir “son marrones” porque tienen, en realidad, una tonalidad marrón tirando a rojiza, con un brillo especial que los hace de los más vivos que vi. Todo habla en ellos. Dan la impresión, por la profundidad, de que uno puede entrar caminando y recorrer toda una vida, llena de viajes, de historias. Son definitivamente, los ojos de un sabio, y no porque hayan leído a grandes autores, sino porque muestran como convicciones firmes se han mezclado con posibilidades pobres y han entretejido una vida que hoy habla en esa mirada. En esa mirada toda, que se hace más profunda cuando contrasta con las cejas tupidas y renegridas, y los surcos en la piel que rodean los ojos y marcan la cara de nuestro personaje.
Desde la calle se escucha el motor de un auto apagarse, una puerta que se abre, otra, las dos que se cierran y el inconfundible tono de voz de Marianito, preguntando quién sabe que cosa. Esto evidentemente saca a nuestro personaje del mundo donde estaba y lo introduce en otro.
Tenemos caras y maneras de reaccionar ante las cosas que pasan, ante las personas que pasan. Antonio entraba ahora en el mundo que más disfrutaba, su nieto. Éste ya estaba tocando el timbre con la ayuda de Antonito, hijo de Antonio por supuesto, que lo tomaba de la cintura y lo elevaba para que pudiera llamar a la puerta, seguramente algo importantísimo en el mundo de Marianito.
No se necesitaba toque de timbre, eso esta claro, todos sabemos acá que Antonio hasta había olfateado a su nieto.
-¿A ver quién esta tocando tanto timbre?
-¡Yo abuelo! Papá me levantó y lo toqué ¡yo! -la frase se va haciendo cada vez mas aguda y sube el volumen hasta el ¡yo! Marianito tiene tres años.
Abuelo y nieto se funden en un abrazo, Antonio después le toma la cara con las dos manos y sopla haciendo ruido en la mejilla.
-Ja ja ja, basta abuelo, no quiero un “sobre” –Marianito le dice “Sobre”, Antonio se ríe, este beso al revés para él es un “sobe”.
-Que haces viejo, ¡qué raro vos tomando mate! Te voy a regalar uno nuevo me parece, mirá como tiene toda la pintura saltada este.
-¡Que sorpresa, che! -en la manera de hablar de Antonio coexiste el “Argentino” con ese toque inconfundible del “tano” que resiste en la “r”, la “q” y ese tono particular hacia el final de las palabras. Sus “che” son fuertes y largos, parecen una carcajada.
Marianito ya fue a buscar la pelota que guarda el abuelo en el cuartito que esta debajo de la escalera y patea por el patio. Bueno, en realidad no sé si patea, vieron cuando la pelota les queda grande a los chicos y mas que patear, “empujan” la pelota que acaricia sus piernitas desde la rodilla hasta la punta del pie. Casi siempre a esto le sigue un pequeño saltito. Mientras lo mira, Antonio dice:
-Va a ser el nuevo Galmarini este.
El mundo desde hace dos minutos se reducía a su nieto, ahora ya sentado nuevamente en su silla. Toma el mate, el termo, gira la cabeza y:
-¿Cómo va todo “Nito”?
-Bien viejo, la colonia donde va Marianito queda medio de paso, así que te vinimos a visitar un ratito.
-¿Viste el partido el sábado? Ya sé que es un torneo de verano nomás, pero ¡qué golazo el de Ferrero!, este es nuestro año.
-Sí, espero que se mantenga che -le cuesta decir lo que vino a decir y, como no sabe como empezar a hablar, pone caras, contesta corto, suspira, en fin. Hace todo lo posible para que el otro le pregunte “¿Estas bien?”.
-Tomá un mate Nito, ¿Qué te pasa? No te veo bien, ¿es por el laburo no?
-Si más o menos, tiene que ver con eso…-la estrategia funcionó, igualmente no está preparado para hablar, por eso titubea-. Es que viste como esta la mano de difícil no… y bueno, con lo que gana Celina la verdad que no nos alcanza y ahora está Marianito viste y no es como antes…-la voz de Nito evidencia claramente que tiene un nudo en la garganta, se le va apagando y su mirada se clava en el piso.
Antonio lo mira desde el otro lado de la mesita donde ahora están apoyados el mate y el termo. Espera, mientras la cabeza de su hijo se va levantando muy despacio, como esos puentes de las películas. Las dos miradas se encuentran, se comunican e ingresan la una por la otra, ya ni el ruido de Marianito jugando parece existir, es como el famoso árbol que se cae en un bosque donde no hay nadie para escucharlo.
El mundo se cierra, se apaga y solo existe lo que ocurre entre esas dos miradas que se cruzan, Antonio padre, con un tono más grave y un dejo de susurro pregunta:
-Tranquilo… ¿Qué pasa Nito?
-Es muy difícil esto viejo -mientras habla sus ojos se van inundando, poco a poco. Toma aire ruidosamente- ¿Te acordás de José, el compañero mío de colegio?
-Si, José Cardozo -no lo quiere preguntar, pero es claro que lo tiene que hacer- ¿Está viviendo en España, no?
Nito baja los ojos, igualmente ya la atmósfera no depende del cruce de miradas, los dos ya entienden lo que está pasando, pero al ser humano lo gobiernan las palabras, así que hay que pronunciarlas.
-Si… este, bueno… Él puso un barcito ahí, y le está yendo bastante bien y me pregunto ¿no?… Y, como yo tengo hecha la ciudadanía italiana, este… Bueno…
Antonio, pestañea, al mismo tiempo que Nito pronuncia “nos vamos para allá”. El silencio dura un segundo y lo rompe un “goooooool”. Las miradas están caídas ahora, apuntan las dos hacia abajo, en el camino de una se cruza una manito, que golpea en el muslo, mientras se escucha:
-Abuelo, ¿viste el gol que metí?
Antonio lo toma de la cintura, lo sube a “upa”, lo sienta en sus faldas y le da un beso tres segundos más largo que los cotidianos, en la mollera…
-Fue un golazo Mariano -levanta la cabeza, pasan cinco segundos-. Nito… ¿Y esto cuándo es?
- En dos semanas viejo.
Los autos pasando sobre el empedrado son la música de fondo de este momento, a la orquesta se suma la respiración profunda y suspirada de Nito, y el sonido casi imperceptible de la mano de Antonio acariciando la cabeza de su nieto.
En esos momentos de silencio existió una conversación, de los dos con si mismos y con el otro, sin hablar. Mágicamente, o no, las miradas volvieron a cruzarse y fueron ellas quienes hablaron cuando juntas putearon al mundo, a las guerras, a la economía, se pidieron perdón, expresaron su dolor, sus miedos, sus angustias y, acompañadas por una leve sonrisa, se comprendieron.
La mano de Antonio se deslizó hacia el estantecito de abajo de la mesita que tenía al lado y agarró una bolsa.
-Marianito -dijo mientras retiraba de la bolsa un sobre blanco y lo metía en su bolsillo-. A ver, parate y cerrá los ojos.
Obediente, sobretodo porque ya sabía que ese preámbulo venía casi siempre antes de una sorpresa, saltó de las rodillas de su abuelo para dar un giro, enfrentarlo y cerrar los ojos frunciendo toda la cara.
Antonio sacó de la bolsa lentamente una camiseta, azul y roja. Los ojos de Nito sonrieron con complicidad:
-A ver si la conoces -dijo.
El nene abrió los ojos hasta su posición normal y después un poco más.
-La de Tigreeee- gritó mientras abazaba a su abuelo.
-¿Qué se dice?- preguntó Nito.
-Gracias Abuelo.
-No es nada, Mariano, ¿cómo un jugador como vos no va a tener la remera del mejor equipo del mundo? Y es la oficial eh…
Los tres sonreían, a los tres les provocaba alegría esta situación de la camiseta. Tres alegrías distintas: la del regalo, la de ver la sonrisa en el otro y la de ver el amor que existe entre dos personas. De esa última salió esta frase:
-Bueno, me parece que ya va siendo la hora de ir para la colonia.
-¿Me puedo poner la remera, pa?
-Por supuesto señor.
-Bueno, vamos que les abro.
Los tres caminaron hacia la puerta en procesión. Encabezada por Marianito, con las manos de su papá en los hombros caminando atrás y el abuelo cerrando el grupo con las llaves en la mano.
-Chau abuelo.
-Chau Mariano… venga un “sobe”.
-¡Ay, no abuelo! –después de recibir el “sobre”, se escapa riendo hacia el auto.
-Chau Nito.
-Chau viejo.
Nada más había que decir, el resto sobraba. Fue uno de esos abrazos que son, con los brazos, la espalda y hasta el mentón, que se engancha en el hombro del otro.
-Después arreglamos para hacer un asado, todos, hoy a la noche te llamo… chau.
-Dale Nito… hacemos algo rico.
Ya subidos al auto, vienen los saludos agitando la mano por la ventanilla baja y los gritos:
-Chau abuelo.
-Chau Mariano, portate bien.
El auto que se aleja y se escuchan los clásicos dos bocinazos cortitos. Antonio lo sigue con la mirada hasta que dobla en la esquina y, finalmente, la puerta que se cierra.
Antonio no lloró, como uno podría pensar. Bueno, no derramó lágrimas por lo menos. Caminó hacia el living con la mano derecha acariciándose el bolsillo de la camisa. Sacó de ahí el sobre que estaba dentro de la bolsa y lo abrió.
“Mariano Panturutti abonado para la platea del Club atlético Tigre, temporada 2008.
El presente carné es transferible. Es válido como entrada para todos los partidos del campeonato local”
Sus ojos se llenaron ahora sí de lágrimas, pero una sola recorrió su cara y cayó sobre el carné. Tomó el teléfono y marcó.
-Hola.
-Hola, ¿Luciano?, Antonio habla
-Antonio, cómo andás.
-Bien, che…Viste que en un mes empieza el torneo ¿no?
-Si claro, ¡Tigre en primera!, es una cosa increíble.
-Bueno, preparate los fines de semana porque tengo entradas para todo el año.
-En serio, pero como…
-Después te cuento, che, vos andate preparando.
-Por supuesto que me preparo, desde hace tres meses me vengo preparando. A parte Tigre es como nosotros, vino para quedarse.
Las risas se escuchaban de los dos lados del teléfono, la conversación siguió un rato más, pero con esa frase Luciano abrió un capítulo guardado en el túnel de los ojos de Antonio…
Algo que habían vivido juntos, que habían compartido, que habían mirado. Un barco, un viaje, una imagen: las olas. Yendo y viniendo, trayendo y llevando, sin preguntar demasiado. Parecía, asomándose desde la cubierta, que ni el barco ni el timón, ni el capitán, decidían hacia donde ir, que eran ellas las que aquel día los estaban cruzando de mundo y ellos, con respeto, les lloraban, les agradecían y las observaban, yendo y viniendo.
FIN