sábado 11 de junio de 2011

Cuento 6: "Co-incidencia"

El momento llegó, se venía acercando desde hacía aproximadamente 10 minutos y, finalmente, llegó. Odia levantarse, pero inevitablemente tiene que hacerlo para que suceda cualquier otra cosa que sí quiera hacer. El hilito de sol que entraba entre dos tablas encontró el ángulo justo para pegarle en el medio de los ojos. Se despertó más sobresaltado y ofuscado que de costumbre. “Tengo que arreglar esto” pensó después de haber seguido el haz hasta su origen en la habitación.

Comenzó su rutina diaria de las mañanas con las complicaciones que esta supone. Empezó a revolver la habitación porque, como siempre, había algo que no encontraba. “¿Puede ser que siempre pierda todo?” Se preguntó. Buscó sobre la mesa que crujió cuando se apoyó sobre ella. Levantó los almohadones del sillón de cuerina negro. Paseó su mirada por cada centímetro del piso de madera mientras la búsqueda ya crecía en desesperación. Se agachó y colocó su mejilla contra la baldosa fría para ver bien al ras. Sabía que lo había estado usando la tarde anterior, pero no funcionaba la estrategia de visualizar dónde lo había dejado. “Sería hora que alguien se decida y le ponga una alarma sonora a estas cosas” pensaba ya fastidiado. Terminó de registrar el último rincón por el que su “aguda” mirada no había pasado, pero sin éxito.

De repente lo vio. Finalmente lo encontró, y se sintió mal porque obviamente estaba justo en el primer lugar donde había buscado. “Como no lo vi antes, dónde iba a estar si no” se preguntó. Estaba en la mesa. Estaba en el sillón. Se acercó entonces y tomó su diario. Se sentó, ya con en el control remoto en mano.

Tenía ganas de escribir una idea que tenía en la cabeza desde hace unos días. No podía ir a trabajar sin antes ver el noticiero. Abrió su diario. Encendió la tele.


Comenzó a escribir…

"Son la mejor gente del mundo y sobre todo la más amable, no conocen el mal - nunca matan ni roban...aman a sus vecinos como a ellos mismos y tienen la manera más dulce de hablar del mundo...siempre riendo…







Y ahí mismo en su diario, el almirante don Cristobal concluyó:


…Serían buenos sirvientes...Con cincuenta hombres podríamos subyugarlos y que hicieran lo que quisiéramos".
Escuchó…

“- ¿Cuál es el reclamo concreto?
- Necesitamos un lugar donde vivir, un techo, una vivienda digna. No pedimos nada más… Queremos solo las mismas oportunidades que el resto
- Ya lo escucharon de la boca de uno de los más de 1000 ocupantes que tiene este parque porteño. La situación esta más tensa que nunca. Volvemos a estudio.”


Y ahí mismo desde su sillón, el jefe de gobierno concluyó:



“Y bueno, Esto es culpa de la inmigración descontrolada.”

miércoles 3 de febrero de 2010

Cuento 5: "Ante sus ojos"

Camina por el pasillo con lentitud, la casa esta en silencio, un solo sonido inunda la escena, suave e intermitente. Son sus pantuflas de tela que apenas levantándose del suelo lo raspan, acompañando el tremendamente dificultoso movimiento de su caminar. Le cuesta mucho este viaje que viene comenzando con sus últimos cinco metros de trayectoria. Se apoya sobre las paredes con su antebrazo izquierdo, el derecho se levanta ligeramente tembloroso, sigue avanzando lentamente.

Lo que queda de su pelo encanecido esta ligeramente despeinado sobre su cabeza. Esta cabeza que de pronto sale despedida del pasillo, salta y se zambulle en ese momento que permanece descolorido colgando en la pared. Tantas veces él lo ha visto así que también lo recuerda: en blanco y negro. Le parece estar ahí, parado, en la fila de más arriba (el siempre fue de los mas altos), haciendo chistes con sus compañeros de colegio mirando hacia delante, esperando emocionado por la inmortalización de ese instante, sintiéndose fresco, joven…

Tose.

Vuelve a toser.

Se aclara la garganta mientras irgue un poco. Ese mínimo que le permite su ya cansada y cargada columna. Retoma su caminata y ahora pasa por sus ojos esa foto que ha visto ya mil veces, sobre la que derramo la mayor cantidad de lágrimas de su vida. Esta vez sonríe y logra algo que parecía imposible. Arrugar aún más su suave e indefenso rostro. Sus ojos brillan viéndola a ella vestida de blanco, con la alegría dibujada en la cara.

Avanza. Otra vez ella. Su pelo blanco y un bebé en sus brazos. Él, a su lado, en el sillón verde. Varios chicos sentados con ellos y desparramados por el suelo. Atrás del sillón un grupo de hombres y mujeres de 30, 40 y 50 años. Sonríe otra vez aun más feliz. Su garganta se anuda y una lágrima resplandeciente logra abrirse paso entre los surcos de su rostro.

Falta poco. Cruzando el pasillo quedan atrás más fotos, algunos libros, papeles amarillentos con grandes firmas y sellos y alguna que otra marquita de crayón amarillo allá por lo bajo.

Por fin llega a la puerta de la cuál provenía la única luz que iluminaba tenuemente el pasillo. Su piel se eriza ante el contacto con las sábanas. Su brazo se levanta con mucha dificultad, y su gastado dedo pulgar logra alcanzar el interruptor. El cuarto está ahora levemente iluminado por la blanca luz de la luna. Muy despacio su cabeza se hunde en esa almohada increíblemente blanca. Esta la rodea casi abrazándola desde atrás.

Deja salir una bocanada de aire por su boca, el sonido es un poco rasposo, viene de la garganta, tan suave que casi no llega a oírse. Sus ojos, bien abiertos miran hacía arriba. Tienen ese brillo que los hace parecer dos bolitas de vidrio. En su cabeza se pronuncia esa oración que su mamá le enseñó de chico. Otra vez resopla suavemente. Sus labios se mueven muy poco y dibujan una dulce sonrisa, es hora de volver a ver esa cara con la alegría dibujada. Sus ojos se cierran.

miércoles 15 de julio de 2009

Cuento 4 "La guarida"

A Mario Gianetti lo estaban buscando, pero él permanecía bien guardado en su escondite de la calle Thompson. Su pasado lo condenaba y lo hacía la figurita difícil para sus perseguidores. Varios amigos de las familias vecinas ya habían caído pero él se sostenía estoico como el último de los del barrio italiano en sucumbir.

Siempre intentaba pasar lo más desapercibido posible, su fuerte no eran las corridas y por eso trataba de evitarlas. Su mayor victoria era sin duda su guarida, algo a lo que muchos de sus “colegas” no prestaban atención (así habían terminado después de todo). Había logrado que su escondite fuera perfecto por meses, era la obsesión de los captores, desde allí lo cierto es que dominaba el barrio y era el terror de los demás. Sin dudas era el mejor en lo suyo… sigiloso, inteligente, letal.

Desde las sombras manejaba todo lo que pasaba, nada ni nadie se le escababa. Sin embargo, algo de esa tarde invernal hacía creer que todo sería distinto. Johny Moustache, que venía siguiéndole la pista desde hacía muchos meses, evidentemente tenía un dato. Se dirigía directo y confiado hacia la mencionada Guarida. “Alguién me traiconó” pensó nuestro más buscado. Johny se acercaba y Mario ya no tenía escapatoria. Con miedo estiró el cuello, se asomó y encontró con los ojos centelleantes y victoriosos de su captor. “Allí estás Gianetti” gritó emocionado. Mario aprovechó ese instante de regocijo de su enemigo y lo tomó por sorpresa.

Nunca corrió tan rápido, se dirigió directo hacía la esquina. Johny arrancó dos segundos y medio más tarde, no lo podía dejar escapar ahora. La carrera pareció eterna para ambos. Y como siempre en los grandes finales, cuando ya Johny le pisaba los talones Mario alcanzó a estirar su mano gordita y colorada. “Pica para todos los compas” gritó y todos rompieron en un estruendoso aplauso.

miércoles 30 de abril de 2008

Cuento 3 "Olas"

Su dedo índice apenas entraba en el matecito de lata verde que sostenía esa mañana que, con esa imagen, podría haber sido cualquiera.

Es que esa era realmente la foto de todas las mañanas. Sentado en una silla de mimbre con esos respaldos que se parecen al escudo de huracán, con almohadoncitos chatísimos floreados, azules rojos y blancos. El sauce llorón que aporta más sombra de la que, de por sí ya tiene, la galería de esta casa en Victoria. Sombra que también es aumentada por la medianera del vecino, que construyó otro piso, y dejó los ladrillos a la vista. El mate verde de lata en una mano, con la pintura saltada un poquito en el borde. En la otra, el termo naranja acanalado y, de fondo, el ruido de la mañana, los pajaritos y algún que otro auto que pasa por la calle empedrada que no se ve desde la galería.

En la foto grande no se aprecian, pero los ojos de este personaje merecen una imagen a parte. La mirada no se detiene sobre algo en particular, se pierde en la nada, parece que atravesara esa medianera de ladrillos, justo pasando al lado del sauce, acariciándose con las ultimas hojitas de él. Yo creo que hasta podría moverlas. Pareciera que esta recordando… Mejor dicho, ESTÁ RECORDANDO. Sus ojos son de un color particular, no podemos decir “son marrones” porque tienen, en realidad, una tonalidad marrón tirando a rojiza, con un brillo especial que los hace de los más vivos que vi. Todo habla en ellos. Dan la impresión, por la profundidad, de que uno puede entrar caminando y recorrer toda una vida, llena de viajes, de historias. Son definitivamente, los ojos de un sabio, y no porque hayan leído a grandes autores, sino porque muestran como convicciones firmes se han mezclado con posibilidades pobres y han entretejido una vida que hoy habla en esa mirada. En esa mirada toda, que se hace más profunda cuando contrasta con las cejas tupidas y renegridas, y los surcos en la piel que rodean los ojos y marcan la cara de nuestro personaje.

Desde la calle se escucha el motor de un auto apagarse, una puerta que se abre, otra, las dos que se cierran y el inconfundible tono de voz de Marianito, preguntando quién sabe que cosa. Esto evidentemente saca a nuestro personaje del mundo donde estaba y lo introduce en otro.

Tenemos caras y maneras de reaccionar ante las cosas que pasan, ante las personas que pasan. Antonio entraba ahora en el mundo que más disfrutaba, su nieto. Éste ya estaba tocando el timbre con la ayuda de Antonito, hijo de Antonio por supuesto, que lo tomaba de la cintura y lo elevaba para que pudiera llamar a la puerta, seguramente algo importantísimo en el mundo de Marianito.

No se necesitaba toque de timbre, eso esta claro, todos sabemos acá que Antonio hasta había olfateado a su nieto.

-¿A ver quién esta tocando tanto timbre?

-¡Yo abuelo! Papá me levantó y lo toqué ¡yo! -la frase se va haciendo cada vez mas aguda y sube el volumen hasta el ¡yo! Marianito tiene tres años.

Abuelo y nieto se funden en un abrazo, Antonio después le toma la cara con las dos manos y sopla haciendo ruido en la mejilla.

-Ja ja ja, basta abuelo, no quiero un “sobre” –Marianito le dice “Sobre”, Antonio se ríe, este beso al revés para él es un “sobe”.

-Que haces viejo, ¡qué raro vos tomando mate! Te voy a regalar uno nuevo me parece, mirá como tiene toda la pintura saltada este.

-¡Que sorpresa, che! -en la manera de hablar de Antonio coexiste el “Argentino” con ese toque inconfundible del “tano” que resiste en la “r”, la “q” y ese tono particular hacia el final de las palabras. Sus “che” son fuertes y largos, parecen una carcajada.

Marianito ya fue a buscar la pelota que guarda el abuelo en el cuartito que esta debajo de la escalera y patea por el patio. Bueno, en realidad no sé si patea, vieron cuando la pelota les queda grande a los chicos y mas que patear, “empujan” la pelota que acaricia sus piernitas desde la rodilla hasta la punta del pie. Casi siempre a esto le sigue un pequeño saltito. Mientras lo mira, Antonio dice:

-Va a ser el nuevo Galmarini este.

El mundo desde hace dos minutos se reducía a su nieto, ahora ya sentado nuevamente en su silla. Toma el mate, el termo, gira la cabeza y:

-¿Cómo va todo “Nito”?

-Bien viejo, la colonia donde va Marianito queda medio de paso, así que te vinimos a visitar un ratito.

-¿Viste el partido el sábado? Ya sé que es un torneo de verano nomás, pero ¡qué golazo el de Ferrero!, este es nuestro año.

-Sí, espero que se mantenga che -le cuesta decir lo que vino a decir y, como no sabe como empezar a hablar, pone caras, contesta corto, suspira, en fin. Hace todo lo posible para que el otro le pregunte “¿Estas bien?”.

-Tomá un mate Nito, ¿Qué te pasa? No te veo bien, ¿es por el laburo no?

-Si más o menos, tiene que ver con eso…-la estrategia funcionó, igualmente no está preparado para hablar, por eso titubea-. Es que viste como esta la mano de difícil no… y bueno, con lo que gana Celina la verdad que no nos alcanza y ahora está Marianito viste y no es como antes…-la voz de Nito evidencia claramente que tiene un nudo en la garganta, se le va apagando y su mirada se clava en el piso.

Antonio lo mira desde el otro lado de la mesita donde ahora están apoyados el mate y el termo. Espera, mientras la cabeza de su hijo se va levantando muy despacio, como esos puentes de las películas. Las dos miradas se encuentran, se comunican e ingresan la una por la otra, ya ni el ruido de Marianito jugando parece existir, es como el famoso árbol que se cae en un bosque donde no hay nadie para escucharlo.

El mundo se cierra, se apaga y solo existe lo que ocurre entre esas dos miradas que se cruzan, Antonio padre, con un tono más grave y un dejo de susurro pregunta:

-Tranquilo… ¿Qué pasa Nito?

-Es muy difícil esto viejo -mientras habla sus ojos se van inundando, poco a poco. Toma aire ruidosamente- ¿Te acordás de José, el compañero mío de colegio?

-Si, José Cardozo -no lo quiere preguntar, pero es claro que lo tiene que hacer- ¿Está viviendo en España, no?

Nito baja los ojos, igualmente ya la atmósfera no depende del cruce de miradas, los dos ya entienden lo que está pasando, pero al ser humano lo gobiernan las palabras, así que hay que pronunciarlas.

-Si… este, bueno… Él puso un barcito ahí, y le está yendo bastante bien y me pregunto ¿no?… Y, como yo tengo hecha la ciudadanía italiana, este… Bueno…

Antonio, pestañea, al mismo tiempo que Nito pronuncia “nos vamos para allá”. El silencio dura un segundo y lo rompe un “goooooool”. Las miradas están caídas ahora, apuntan las dos hacia abajo, en el camino de una se cruza una manito, que golpea en el muslo, mientras se escucha:

-Abuelo, ¿viste el gol que metí?

Antonio lo toma de la cintura, lo sube a “upa”, lo sienta en sus faldas y le da un beso tres segundos más largo que los cotidianos, en la mollera…

-Fue un golazo Mariano -levanta la cabeza, pasan cinco segundos-. Nito… ¿Y esto cuándo es?

- En dos semanas viejo.

Los autos pasando sobre el empedrado son la música de fondo de este momento, a la orquesta se suma la respiración profunda y suspirada de Nito, y el sonido casi imperceptible de la mano de Antonio acariciando la cabeza de su nieto.

En esos momentos de silencio existió una conversación, de los dos con si mismos y con el otro, sin hablar. Mágicamente, o no, las miradas volvieron a cruzarse y fueron ellas quienes hablaron cuando juntas putearon al mundo, a las guerras, a la economía, se pidieron perdón, expresaron su dolor, sus miedos, sus angustias y, acompañadas por una leve sonrisa, se comprendieron.

La mano de Antonio se deslizó hacia el estantecito de abajo de la mesita que tenía al lado y agarró una bolsa.

-Marianito -dijo mientras retiraba de la bolsa un sobre blanco y lo metía en su bolsillo-. A ver, parate y cerrá los ojos.

Obediente, sobretodo porque ya sabía que ese preámbulo venía casi siempre antes de una sorpresa, saltó de las rodillas de su abuelo para dar un giro, enfrentarlo y cerrar los ojos frunciendo toda la cara.

Antonio sacó de la bolsa lentamente una camiseta, azul y roja. Los ojos de Nito sonrieron con complicidad:

-A ver si la conoces -dijo.

El nene abrió los ojos hasta su posición normal y después un poco más.

-La de Tigreeee- gritó mientras abazaba a su abuelo.

-¿Qué se dice?- preguntó Nito.

-Gracias Abuelo.

-No es nada, Mariano, ¿cómo un jugador como vos no va a tener la remera del mejor equipo del mundo? Y es la oficial eh…

Los tres sonreían, a los tres les provocaba alegría esta situación de la camiseta. Tres alegrías distintas: la del regalo, la de ver la sonrisa en el otro y la de ver el amor que existe entre dos personas. De esa última salió esta frase:

-Bueno, me parece que ya va siendo la hora de ir para la colonia.

-¿Me puedo poner la remera, pa?

-Por supuesto señor.

-Bueno, vamos que les abro.

Los tres caminaron hacia la puerta en procesión. Encabezada por Marianito, con las manos de su papá en los hombros caminando atrás y el abuelo cerrando el grupo con las llaves en la mano.

-Chau abuelo.

-Chau Mariano… venga un “sobe”.

-¡Ay, no abuelo! –después de recibir el “sobre”, se escapa riendo hacia el auto.

-Chau Nito.

-Chau viejo.

Nada más había que decir, el resto sobraba. Fue uno de esos abrazos que son, con los brazos, la espalda y hasta el mentón, que se engancha en el hombro del otro.

-Después arreglamos para hacer un asado, todos, hoy a la noche te llamo… chau.

-Dale Nito… hacemos algo rico.

Ya subidos al auto, vienen los saludos agitando la mano por la ventanilla baja y los gritos:

-Chau abuelo.

-Chau Mariano, portate bien.

El auto que se aleja y se escuchan los clásicos dos bocinazos cortitos. Antonio lo sigue con la mirada hasta que dobla en la esquina y, finalmente, la puerta que se cierra.

Antonio no lloró, como uno podría pensar. Bueno, no derramó lágrimas por lo menos. Caminó hacia el living con la mano derecha acariciándose el bolsillo de la camisa. Sacó de ahí el sobre que estaba dentro de la bolsa y lo abrió.

“Mariano Panturutti abonado para la platea del Club atlético Tigre, temporada 2008.

El presente carné es transferible. Es válido como entrada para todos los partidos del campeonato local”

Sus ojos se llenaron ahora sí de lágrimas, pero una sola recorrió su cara y cayó sobre el carné. Tomó el teléfono y marcó.

-Hola.

-Hola, ¿Luciano?, Antonio habla

-Antonio, cómo andás.

-Bien, che…Viste que en un mes empieza el torneo ¿no?

-Si claro, ¡Tigre en primera!, es una cosa increíble.

-Bueno, preparate los fines de semana porque tengo entradas para todo el año.

-En serio, pero como…

-Después te cuento, che, vos andate preparando.

-Por supuesto que me preparo, desde hace tres meses me vengo preparando. A parte Tigre es como nosotros, vino para quedarse.

Las risas se escuchaban de los dos lados del teléfono, la conversación siguió un rato más, pero con esa frase Luciano abrió un capítulo guardado en el túnel de los ojos de Antonio…

Algo que habían vivido juntos, que habían compartido, que habían mirado. Un barco, un viaje, una imagen: las olas. Yendo y viniendo, trayendo y llevando, sin preguntar demasiado. Parecía, asomándose desde la cubierta, que ni el barco ni el timón, ni el capitán, decidían hacia donde ir, que eran ellas las que aquel día los estaban cruzando de mundo y ellos, con respeto, les lloraban, les agradecían y las observaban, yendo y viniendo.

FIN

miércoles 5 de marzo de 2008

Intuiciones para hacer de uno mismo un canto rodado

Según la wikipedia esto, es un canto rodado:

“Un canto rodado es un guijarro o fragmento de roca suelto, susceptible de ser transportado por medios naturales —como las corrientes de agua, los corrimientos de tierra, etc—. Aunque no se hace distinción de forma, en general, un canto rodado adquiere una morfología más o menos redondeada, sub-redondeada u oblonga, sin aristas y con la superficie lisa, debido al desgaste sufrido por los procesos erosivos, generalmente causados por la corrasión, a corrientes de agua (erosión hídrica) o al viento (erosión eólica).”


Ahora sí, “Intuiciones para hacer de uno mismo un canto rodado


1. Decir frases como: “Este fin de semana/esta experiencia/este viaje/etc. me sirvió para cargar las pilas y seguir laburando”.

2. En todos los ámbitos que uno frecuenta, estar pensando siempre en lo que pasa en uno en especial.

3. Rehusar ir al medico con excusas como “para qué voy a ir si me va a mandar tal tratamiento y ¿cuándo quiere que lo haga”

4. No prestar atención a lo que los procesos erosivos le van haciendo a nuestro cuerpo.

5. Introducir en muchas frases “lo que pasa es que tengo que hacer tal cosa”

6. Empezar un año con muchas ganas de hacer/conocer/comprar/estudiar algo. Empezar el siguiente año con muchas ganas de hacer/conocer/comprar/estudiar lo mismo “porque no dio el tiempo vio”.

7. Lograr que pase un domingo sin que te pegue el sol en la cara.

8. Conseguir que se te vayan las ganas, a medida que corre el año, de estar con alguien.

Una pequeña reflexión:

¡Cuánto miedo nos tenemos! que nos encerramos en un trabajo, un objeto, un peinado, un programa de tv.

Armamos rutina y vamos corriendo detras de nuestra agenda... atrás, persiguiendonos, nosotros mismos. ¿Corremos persiguiendo la cantidad de cosas que tenemos que hacer o escapándonos de nosotros?


Pd: Estaría bueno si alguno agrega intuiciones

martes 12 de febrero de 2008

Cuento II: "Rompecabezas"

De chico era fanático de los rompecabezas. Muchas piezas aisladas que se combinan de una sola manera para responder a la imagen de la caja.

Harry salía de su trabajo, de camisa y corbata y chocaba contra el calor de enero en Buenos Aires. Estaba cansado de su vida… bah, en realidad estaba cansado del calor y el trabajo aunque quizá, esa era su vida.

Él soñaba con escapar a otro lado, con salir de esa vida de oficina, pero la normalidad lo golpeaba con palabras que, en realidad, nadie le había dicho, pero que le habían dejado bien claro que su mandato era triunfar en el mundo de la administración de empresas. Como quién se jacta de haber empezado barriendo, él se consolaba con estar empezando como asistente de contador, en una empresa.

La realidad es que él se preguntaba si realmente era eso lo suyo, se lo preguntaba despacito, no vaya a ser que alguien lo oyera, pero que dudaba… dudaba. Lo de él siempre fue el dibujo, pero hasta ahora nunca se animó ni a insinuarse hacer algo que tenga que ver con eso, ¡ni loco!

Cuestión que miró el boleto después de un rato de estar en el colectivo y sí… el número de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante se leía igual, ¡era capicua!, pero eso no fue lo que le llamo la atención del boleto.

Brenda estaba muy pensativa, viajar en colectivo la ponía así. Se había sentado en el último asiento a la izquierda, ese que a veces recibe un poquito de calor del motor pero desde el que se domina todo. Abrió la ventana para que el viento le pegara en la cara y se le volaran bien todos los pelos. Quería respirar todo el aire posible para ver si de alguna manera, algo le llenaba el vacío que le provocaba esa ansiedad. “Es que no me va a llamar nunca este hombre, ¿Cuánto hace que nos vimos?... Qué le pasa, no estará esperando que yo lo llame no, porque si es así que siga esperando porque yo tan desesperada no estoy ¡No señor! Si estoy re tranquila yo… ¡No! No me estoy mintiendo si estoy fenómeno así, a parte, corresponde que me llame él… Ay, cuándo me llamará y porqué este colectivo esta doblando acá si no está cortado.”

Las piezas se combinan para responder a la imagen de la tapa. Ahora, imaginemos un rompecabezas sin imagen de la tapa. Ustedes me podrán decir “Ah, que tiene es un poquito más difícil nomás”, “te vas fijando cual es parecida y listo”, “Empezás por las puntas, yo una vez arme uno de 1000 piezas…”. Bueno, imaginemos entonces un rompecabezas sin imagen por completo, sin “solución única”.

Lo que le llamó la atención del boleto es que se había tomado cualquier bondi, pensando tanto ni se había dado cuenta, “este cual es, ¡Je! Justo este me vengo a tomar, el que va a la galería San Martín, donde hay una exposición de jóvenes pintores… no, pero me voy a bajar, va para la otra punta de la ciudad este”

“Y sí, claro que no dobla porque está cortada, dobla porque es el cartel verde este, el que va para lo de Mariano, parece a propósito… justo este me vengo a tomar.”
Sería muy interesante… No tiene solución única, no hay una sola manera de ir uniendo las piezas… cada uno las juntaría, las asociaría de la manera que le parece.

Los dos se pararon al mismo tiempo igual y totalmente convencidos de que se tenían que bajar y, a la vez, dudando de la misma manera acerca de su por qué en ese colectivo y sus ganas de quedarse. Pareció coreográficamente armado, y no solo eso, cualquier coreógrafo hubiera quedado gratamente sorprendido con la performance de estos dos actores. Se escucho un ruido que anunció que algo en el mecanismo del colectivo se había roto, este frenó y aceleró tan de golpe que los sentó de culo a los dos sobre sus asientos al mismo tiempo. Increíble, solo pudo apreciar la escena un nene de dos años que parado en las rodillas de su mama y a pesar del zarandeo del colectivo soltó una risita, aunque quizá haya sido por otra cosa.

Uno podría tomar una pieza, combinarla con otra y ver una imagen y otro quizá otra.

- Increíble… el colectivo me sentó, sigo hasta la galería.

- Ya sabía, que tonta que soy, mirá… el colectivo se rompió… Qué Mariano ni Mariano, me voy a mi casa.

Todo dependería de la manera de asociarlas y de ver esa asociación…
-…Es el destino- dijeron los dos.

sábado 9 de febrero de 2008

Complejidad

Últimamente me llama la atención lo complejo de la vida . Por desgracia me puse a analizar muchas cosas y descubrí la cantidad de variables que se esconden detras de un acto, de una decisión. Lo gracioso es que muchas veces uno puede encontrar , ante la posibilidad de hacer algo o no hacerlo, convicciones firmes tanto para una cosa como para la otra... esto genera la duda que lo mueve a uno a profundizar.

El otro día estaba viendo un espectaculo de Les Luthiers y repesentaban la palabra "dicotomía" poniendose uno de espalda con otro, ambos señalando hacia adelante, obviamente caminos opuestos.

Esta imagen me vino perfecta para explicar lo que me pasa a mí. Lo que más quiero es tambien, y despues de pensarlo, lo que menos quiero. Pero expliquemoslo mejor volviendo a les luthiers, pero agregandole algo a la imagen representada por ellos. Supongamos que cada uno de estos dos hombres se atara, un extremo de la misma soga a la cintura y empezaran a caminar cada uno en la dirección hacia la que apuntaban. En algun momento estas dos personas quedarían estancadas en un lugar.

Esto, precisamente, es lo que busco cuando me ataca esta cuestión de las convicciones contrarias, este tema de querer y no querer que pase algo... Una especie de equilibrio en el que todo quede exactamente como está. Busco ese medio, esa quietud y dejo que me engañe por un rato (hasta que tomo conciencia de mi estado nuevamente).

Creo que ese estado es insostenible y mentiroso, pero busco la manera de permanecer ahí, esta es en definitiva la epoca de los medios, los grises, lo tibio, lo cómodo.

A veces me pregunto como hacer para mover algo pero a la vez dejarlo en su lugar.

Anexo1: Creo que todo es, en si mismo, bastante complejo. Pero tambien creo que yo exploto esa cualidad al maximo lamentablemente.